BOLETÍN DE CINEMATOGRAFÍA INDEPENDIENTE * EDITOR: JOSÉ ANTONIO BIELSA * COLABORADORES: JAIME AGUIRÁN, ERIC BARCELONA, MARÍA PILAR BIELSA, NURIA CELMA, HÉCTOR CONGET, JORGE VARGAS, COLECTIVO CINEMA89 - BARCELONA / ZARAGOZA


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7.3.10

REFLEXIONES PRIMERAS SOBRE DEGRADACIÓN (de 'Idea y degradación del Séptimo Arte')

Cartel de la última película de Robert Bresson, El dinero (1983),
obra maestra absoluta y uno de los tres o cuatro mejores filmes de la década de 1980.


La degradación del arte es la refutación de su cualidad de artístico cuando es Arte. Se habla de objetos artísticos, pero no se tiene conciencia extendida de fin artístico, quizá por la propia incongruencia que implica negar un llamado objeto artístico al dejarlo colgado en la pared de un museo, ya una tela. Lo ambiguo del término artístico queda confirmado, pues, en su progresiva negación, es decir el precio como obra de arte al que se termina reduciendo, efectivamente condicionado por el nombre la mano autora, anulando esos valores realmente artísticos que el autor pensó o repensó antes de la ejecución de la misma, así más allá de toda técnica e interés secundario. El ya viejo principio del arte por el arte, tan vilmente utilizado y reutilizado para otros fines, adquiere ahora su plena vigencia al estar tan necesitado de una base históricamente firme que lo respalde. El más característico ejemplo de arte por el arte, el de las vanguardias de comienzos del siglo XX, en el que cada artista debía responder a sus propias expectativas, así como ejemplo el de un artista tan prototípico como el pintor Modigliani, tan empañado por ciertas plumas y por el polvo de los años, distorsiona ese principio hasta hacerlo irreconocible, luego ¿realmente tiene validez ese principio del arte por el arte a la luz de nuestro tiempo? En el momento de creación, ese pasado inexacto en el que la obra es ejecutada, tal vez. Visto a la luz de nuestro tiempo, en el presente perpetuo de todo museo, no.

Si el Arte puro es el arte por el arte, en cuanto objeto inútil en lo llamado práctico, el cine no sería, aparentemente, Arte, en tanto medio de difusión con fines económicos, luego útil en lo llamado práctico, exceptuando a esos autores que, regidos por el imperativo antes mencionado, lo hacen por pura necesidad intelectual. Pero el cine, como Arte, siempre tan subvalorado antaño, ha encontrado el inevitable aprecio conforme el individuo condicionado por las modas se ha ido desligando de la literatura y, más especialmente, del pensamiento filosófico, así entendido a la antigua, pues cierto es que el cine, por su fugacidad durante el visionado ha sido por ello considerado y no sin razón algo intelectualmente inferior, luego apartado como medio de pensamiento filosófico; craso error, puesto que llevado con maestría y reflexión se presta plenamente para todo tipo de pensamientos profundos, así en cineastas como Bresson o Murnau. La antigua cultura de la imagen, en este caso la de la quietud y el detalle, la del conocedor que estudiaba y analizaba a Giorgione, es decir la de las minorías inquietas, ha sido sustituida efectivamente por otra cultura de la imagen únicamente lucrativa y alienadora y, por tanto, más coherente con el nauseabundo no-pensamiento de nuestro tiempo, la que alimenta irracionalmente / destruye intelectualmente a esa mayoría consumidora. Una evidencia.

La degradación del arte cinematográfico nace, pues, en un momento decisivo del desarrollo técnico, en el preciso momento, muy anterior al de la digitalización, en el que el cine pasa a ser instrumento de atracción masivo, no tanto como atracción en sí en cuanto forma de atraer divisas para los menos, a la cabeza las productoras y distribuidoras, temerosas de su extinción a raíz de la decisiva aceptación de la televisión, por la que el espectáculo cinematográfico encuentra ese punto de inflexión, su momento de no-reflexión, el eje, ese antes y ese después, así un durante en el que en un breve espacio de tiempo se transformará por completo la concepción del cine y, ya desde entonces, se acelerará su progresiva degradación, bajo la inevitable influencia de esa máquina destructora de intelectos y conciencias que es la televisión. Pero sería muy simplista achacar todos los males a la televisión, puesto que, realmente, la degradación del cine se produjo desde el momento mismo de su nacimiento.

© José Antonio Bielsa Arbiol - 2005

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